Era el despacho de Arturo.
El empresario estaba pintado de espaldas, frente a una ventana.
A su lado había una silla vacía.
—Diego llamaba a este cuadro El hombre que olvidó voltearse —dijo Mariana.
Arturo tuvo que sentarse.
Un crítico de arte llamado Ernesto Gálvez revisó después las obras y confirmó lo que Mariana siempre había sospechado: Diego no había sido un aficionado.
—Su esposo tenía una voz propia —le explicó—. Estas pinturas merecen una exposición.
Aquella misma noche Carlos apareció afuera del edificio de Teresa.
—Puedo comprar toda la colección —ofreció—. Mariana necesita dinero. No tiene sentido aferrarse a cuadros viejos.
—No están en venta.
Carlos se acercó demasiado.
—Todo se vende cuando llega el hambre.
Teresa encendió discretamente la grabadora de su celular.
Mauricio también escuchó la amenaza.
Dos horas después sonó su teléfono.
Era el laboratorio.
El resultado de parentesco ya estaba listo.
Pero antes de que Mauricio pudiera leerlo, Teresa recibió otro mensaje de Carlos:
“Piensen bien lo que están haciendo. A veces las cosas valiosas desaparecen por accidente.”
Mariana miró las cajas donde estaba toda la obra de su esposo.
Y entonces entendió que ya no estaban discutiendo solamente sobre un apellido.
Alguien tenía miedo de lo que Sofía podía significar para aquella familia.
Y la prueba que Mauricio sostenía entre sus manos estaba a punto de explicar por qué.
PARTE 3
El resultado no dejaba espacio para dudas.
La probabilidad de que Arturo Del Valle fuera el abuelo biológico de Sofía era prácticamente concluyente.
Mariana leyó el documento dos veces.
Sofía, sentada junto a ella coloreando una mariposa, levantó la cabeza.
—¿Qué dice?
Arturo se acercó, pero se detuvo antes de tocarla.
Había aprendido, en pocos días, que no todo podía obtenerse simplemente acercando la mano.
—Dice que sí soy tu abuelo.
Sofía lo miró durante varios segundos.
Después señaló a Mariana.
—Entonces no vuelvas a gritarle a mi mamá.
Arturo tragó saliva.
—No volveré a hacerlo.
Mariana casi sonrió.
