—Yo.
—¿Y su familia?
Mariana sintió que la rabia le quemaba el pecho.
—No había familia. Eso me dijo durante cinco años de matrimonio. Cuando murió, Sofía, una amiga y yo fuimos las únicas que estuvimos ahí.
Arturo bajó la cabeza.
Mariana sacó de su bolsa las copias de su acta matrimonial, el acta de nacimiento de Sofía y el acta de defunción.
—Aquí está su hijo —dijo golpeando suavemente el documento—. Mientras usted vivía en esta casa, él pintaba anuncios de noche para comprarle zapatos a su hija.
Arturo no intentó defenderse.
Solo murmuró:
—Yo lo obligué a escoger entre mi empresa y la pintura.
—¿Y él escogió irse?
—Escogió ser él mismo. Yo fui quien decidió que dejara de ser mi hijo.
Sofía, ajena a todo, abrió su cuaderno.
—Mamá, mira. Esta casa se parece a la que dibujaba papá.
Mariana observó la página.
Había un hombre con pinceles, una niña pequeña y, al fondo, una residencia con columnas, jardín y una torre de cristal idéntica a la casa frente a ellas.
Arturo dio un paso atrás.
Entonces, de entre las hojas, cayó un dibujo doblado.
No era de Sofía.
Era un boceto hecho por Diego.
Abajo, con su letra, aparecían solamente seis palabras:
“La casa a la que nunca volví.”
Arturo levantó el dibujo con las manos temblando.
Y Mariana comprendió que su esposo le había ocultado una parte de su vida mucho más dolorosa de lo que jamás imaginó.
Lo que todavía no sabía era que descubrir aquella verdad iba a despertar a alguien dispuesto a hacer cualquier cosa para que Sofía jamás fuera reconocida como parte de esa familia.
PARTE 2
Esa misma tarde llegó Mauricio Ibarra, abogado de confianza de Arturo.
Mariana se puso inmediatamente a la defensiva.
—No voy a firmar nada que ponga en riesgo a mi hija.
—Y nadie puede obligarla —respondió Mauricio—. Si las actas son auténticas, Sofía ya tiene jurídicamente reconocido a Diego como padre. Que aparezca un abuelo millonario no le da derecho sobre la niña.
Arturo lo miró con molestia, pero Mariana agradeció que alguien se lo dijera frente a ella.
Acordaron verificar las actas en el Registro Civil y realizar una prueba voluntaria de parentesco entre Arturo y Sofía.
Mariana impuso sus condiciones.
Nada de regalos costosos. Nada de decirle a la niña que aquella casa era suya. Nada de hablar de herencias.
—Primero averiguamos la verdad —dijo—. Después veremos si existe una familia.
Arturo aceptó a regañadientes.
Pero antes de que terminara la conversación apareció Carlos Beltrán, sobrino de Arturo y hasta entonces el familiar que más frecuentaba la casa.
Al enterarse de quiénes eran Mariana y Sofía, sonrió con desprecio.
—Qué conveniente. Desaparece un hijo durante doce años y, justo ahora, aparece una viuda con una niña.
Mariana tomó su bolsa.
—Nos vamos.
—No quise ofender —dijo Carlos—. Pero hay gente capaz de preparar documentos, historias y hasta niños para quedarse con una fortuna.
Arturo golpeó la mesa.
—No vuelvas a hablar así delante de la niña.
—Estoy protegiéndote, tío.
—De mi nieta no necesito protección.
La palabra “nieta” dejó a todos en silencio.
Carlos palideció.
Al día siguiente las verificaciones comenzaron a llegar.
El matrimonio de Mariana y Diego era real. El nacimiento de Sofía estaba correctamente registrado. Diego había cambiado legalmente su apellido Del Valle por Serrano, el apellido de su madre, varios años atrás.
Pero todavía faltaba la prueba biológica.
Mientras esperaban, Mariana aceptó mostrar algo más.
Diego había dejado decenas de pinturas guardadas en el sótano de su amiga Teresa, en la colonia Portales.
Arturo quiso verlas.
Mariana hizo que Mauricio redactara primero un documento: ninguna obra podía venderse, trasladarse o fotografiarse para fines comerciales sin su autorización.
Cuando abrieron las cajas, Arturo dejó de hablar.
Había mercados, azoteas después de la lluvia, vendedores ambulantes, manos envejecidas, niños esperando el Metro y retratos de Mariana y Sofía.
Luego apareció un cuadro grande.
