PARTE 1
—Mamá, si algún día alguien dice que no nos quieres porque trabajas demasiado, no le creas.
Laura se quedó inmóvil frente a la puerta de la cocina, todavía con el uniforme azul del supermercado pegado al cuerpo por la lluvia.
Eran casi las once de la noche en Guadalajara. Había pasado más de doce horas entre cajas, clientes impacientes y un inventario que parecía no terminar nunca. Le dolían la espalda, las piernas y hasta los dedos, agrietados de tanto abrir bolsas y cargar mercancía.
Desde hacía cuatro años, su vida era así.
Trabajo. Casa. Dormir poco. Volver a trabajar.
Cuando su esposo, Ricardo, se había ido, Diego y Sofía tenían apenas cinco años.
No hubo otra mujer, al menos que Laura supiera. Tampoco una gran pelea.
Una mañana, Ricardo metió ropa en una mochila y simplemente dijo:
—Ya no puedo con esto. Estoy cansado de contar monedas, de los niños gritando, de nunca tener dinero. Yo no nací para vivir así.
Después cerró la puerta.
Laura se quedó con dos hijos pequeños, una renta atrasada y un salario que apenas alcanzaba para comer.
Ricardo se mudó a Querétaro. Mandaba una cantidad mínima cuando quería y después dejó de contestar durante meses.
Laura consiguió horas extras y, los fines de semana, limpiaba un pequeño despacho. Salía antes de que sus hijos despertaran y regresara cuando ya estaban dormidos.
Cada mañana dejaba notas sobre la mesa.
“Diego, tu comida está en el refrigerador”.
“Sofía, ponte la chamarra porque va a hacer frío.”
“Los amo. Pórtense bien.”
Aquella noche, mientras subía las escaleras del edificio donde vivían, Laura sintió una culpa que llevaba meses intentando ignorar.
Sus hijos ya tenían nueve años.
Cada vez necesitaban menos ayuda.
Y ella empezó a preguntarse si, poco a poco, estaban aprendiendo a vivir sin ella.
Pero cuando abrió la puerta del departamento, algo estaba diferente.
El piso estaba limpio.
Los tenis de Diego estaban acomodados.
Las chamarras colgaban correctamente.
Incluso su vieja sudadera gris estaba doblada sobre una silla, como si alguien hubiera pensado que llegaría con frío.
Laura sintió miedo.
—¿Diego? ¿Sofía?
Nadie respondió.
Entonces percibió un olor a pasta, jitomate y algo ligeramente quemado.
Empujó la puerta de la cocina.
La luz se encendió.
—¡Sorpresa!
Diego llevaba un mandil enorme que casi le llegaba a los tobillos. Sofía sostenía un trapo de cocina y tenía harina en una mejilla.
Sobre la mesa había una sartén con espagueti y salchicha, una ensalada cortada de manera desastrosa y tortillas calentadas directamente sobre el comal.
—Pensamos que siempre llegas cansada —dijo Sofía—. Entonces limpiamos todo.
—Y yo hice la pasta —presumió Diego—. Bueno… Sofía también ayudó porque casi tiro la sartén.
Laura se llevó una mano a la boca.
Estuvo a punto de llorar.
Pero entonces vio algo debajo de un plato.
Un sobre blanco.
En él estaba escrito su nombre.
“Laura Hernández.”
La letra no era de sus hijos.
Laura tomó el sobre.
—¿Quién trajo esto?
Los gemelos dejaron de sonreír.
Diego miró a su hermana.
Sofía bajó los ojos.
—Papá vino hoy.
Laura sintió que el corazón se le congelaba.
—¿Ricardo estuvo aquí?
—Sí —susurró Diego—. Y dijo que mañana va a volver.
—¿Para qué?
Sofía presionó el trapo entre las manos.
—Dice que viene por nosotros.
Laura abrió el sobre.
Dentro había una hoja con el nombre de un abogado.
Y una frase subrayada:
“Solicitud de modificación de custodia por abandono y falta de supervisión de los menores.”
Laura tuvo que leerla tres veces.
El hombre que los había abandonado cuatro años atrás ahora pretendía acusarla a ella de abandonar a sus hijos.
Y Laura todavía no sabía lo peor.
PARTE 2
