La frase me revolvió el estómago.
Los mismos bebés que la semana anterior habían sido la prueba de mi infidelidad, ahora eran suyos porque un aparato en el consultorio del médico le había devuelto el orgullo.
No respondí.
Al mediodía llegó su madre.
Esta vez no traía bolsas negras.
Traía flores.
Rosas blancas, como las que se ven en los hospitales o en los funerales.
Abrí la puerta con la cadena puesta.
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