—Laura —dijo con voz dulce—. Mi hijo me lo contó todo. Fue un terrible malentendido.
Malentendido.
Sentí que los bebés se movían, aunque aún era muy pronto.
Quizás no eran ellos.
Quizás era mi ira.
—Me llamaste una desgracia.
Bajó la mirada.
—Diego me hirió.
—Estaba embarazada.
—No lo sabíamos.
—No querían saber nada.
Se apretó las flores contra el pecho.
—Son mis nietos.
La miré fijamente durante un buen rato.
—Hace unos días eran una mancha en mi vientre.
Se puso pálido.
—No seas cruel.
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