no lo hice.
—También sé por qué.
Ernesto sonrió.
—Lo importante es que quiso hacerlo cuando creía que yo no podía ofrecerle nada.
Daniela comenzó a llorar otra vez.
—¿Qué estudia?
—Trabajo social.
Ernesto soltó una pequeña risa.
—Por supuesto.
Señaló el nuevo centro mencionado en el programa de la cena.
—Cuando termine sus estudios, presente su solicitud.
Daniela abrió los ojos.
—¿De verdad?
—El proyecto necesitará gente con experiencia.
—Yo todavía no tengo mucha.
—La experiencia puede aprenderse.
Ernesto tocó suavemente su propio pecho.
—Esto cuesta un poco más.
Daniela asintió sin saber qué decir.
Entonces Ernesto volvió al piano.
Recogió los veinte mil pesos que Ricardo había dejado sobre la madera.
Regresó y los puso en las manos de Daniela.
—No puedo aceptar esto.
—Yo tampoco.
—Pero son suyos.
Ernesto negó con la cabeza.
—La apuesta decía que alguien tenía que emocionarse.
Miró las lágrimas de Daniela.
—Usted
