confiarle esa responsabilidad.
Ricardo comprendió inmediatamente.
—No puede hacer eso.
—Puedo retirar mi apoyo al proyecto.
Nadie respiraba.
—Pero no quiero hacerlo.
Ernesto miró a los invitados.
—El centro es demasiado importante.
Regresó la mirada a Ricardo.
—Lo que sí puedo hacer es pedir que usted deje la presidencia del comité.
Ricardo abrió la boca.
La volvió a cerrar.
Buscó apoyo entre las mesas.
No lo encontró.
Arturo habló finalmente.
—Creo que es lo correcto.
Varias personas asintieron.
Ricardo permaneció quieto unos segundos.
Después tomó su saco de la silla.
No dijo nada.
Caminó hacia la salida.
Nadie se burló.
Nadie aplaudió.
Ernesto tampoco parecía disfrutarlo.
Cuando Ricardo desapareció, el anciano volvió la mirada hacia Daniela.
—Señorita.
Ella tardó un momento en comprender que le hablaba.
—¿Yo?
—Sí.
Daniela se acercó.
—¿Cómo se llama?
—Daniela Cruz.
—La vi cuando entré.
Ella bajó la mirada.
—Quise traerle agua.
—Lo sé.
—Pero
