Se burlaron del anciano que pidió comida por tocar el piano, hasta que una sola nota cambió todo….

usted habría sabido quién era yo.

La frase golpeó más fuerte que cualquier grito.

—Me habría recibido con café. Me habría estrechado la mano. Me habría contado cuánto le importan los veteranos.

Ricardo no respondió.

—Pero yo quería saber cómo trataría usted a un hombre que no pudiera ofrecerle nada.

El silencio fue absoluto.

—Por eso vine así.

Ricardo miró alrededor.

Nadie parecía dispuesto a defenderlo.

—Esto fue una trampa.

—No.

Ernesto negó lentamente.

—Fue una puerta.

—¿Una puerta?

—Usted decidió cómo cruzarla.

Ricardo bajó la mirada.

Ernesto continuó.

—Pensó que yo era pobre. Pensó que tenía hambre. Pensó que era un veterano viejo al que nadie quería contratar.

Su voz seguía tranquila.

—Y convirtió mi petición en entretenimiento.

Ricardo intentó interrumpirlo.

—Yo solamente…

Ernesto levantó una mano.

—Este centro necesitará personas capaces de ver seres humanos antes que currículums, ropa o cuentas bancarias.

Miró directamente a Ricardo.

—No puedo

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