Pensó Que Eran Ladrones… Al Ver Sus Rostros Rompió A Llorar Y Les Entregó Todo Lo Que Tenía

Los días siguientes fueron una mezcla de miedo y esperanza. Mientras Jacinto revisaba documentos, Remedios propuso hacer dulces tradicionales para vender.

—Mi madre preparaba ate de guayaba y jamoncillos de leche que se vendían solos en diciembre.

Marina aceptó sin demasiada fe, pero la cocina se transformó en taller. Remedios dirigía las recetas, Marina molía, batía y empaquetaba, y Jacinto pegaba etiquetas con manos temblorosas pero firmes. El aroma a canela, leche quemada y guayaba llenó la casa.

El sábado fueron al mercado de Pátzcuaro. Al principio nadie se acercó. Luego una mujer probó un pedazo de ate. Compró 3 cajas. Después llegó otra. Antes del mediodía habían vendido todo. Una cafetería pidió 50 cajas para la semana siguiente.

Cuando Marina volvió al rancho con el dinero en una bolsa de tela, Remedios la esperaba en la puerta. La joven no dijo nada. Solo levantó la bolsa. Remedios la abrazó, y Marina, que llevaba años evitando necesitar a nadie, se permitió llorar un poco.

—Si hubiéramos tenido una hija —susurró la anciana—, nos habría gustado que fuera como tú.

Esa frase se quedó viviendo en el pecho de Marina.

Pero la alegría duró poco.

Primero encontraron la cerca rota. Después desaparecieron herramientas del almacén. Una tarde, Marina vio a un hombre joven observando el rancho desde el camino. Al notar que ella lo miraba, subió a una camioneta y se fue.

Jacinto empezó a dormir con un bastón junto a la cama. Remedios rezaba más seguido. Marina fingía calma, pero cada ruido nocturno la hacía despertar.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *