Pensó Que Eran Ladrones… Al Ver Sus Rostros Rompió A Llorar Y Les Entregó Todo Lo Que Tenía

Marina sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Yo también hablé con el abogado —confesó.

Los ancianos la miraron confundidos.

—Quiero que legalmente puedan vivir aquí de por vida. Aunque yo me case, aunque venda una parte, aunque pase cualquier cosa. Esta también es su casa.

Remedios se cubrió la boca. Jacinto abrazó a Marina con una fuerza inesperada.

—Hija —susurró.

Esa palabra terminó de romperla. Marina lloró en silencio, abrazada a ellos 2, mientras Milagros mugía a lo lejos y el viento movía las hojas del capulín.

Aquella noche, durante la fiesta patronal de Pátzcuaro, caminaron juntos por la plaza iluminada. Había música, puestos de atole, niños corriendo con globos y parejas bailando junto al kiosco. Marina iba en medio de Jacinto y Remedios, tomada del brazo de ambos.

Ya no pensaba solo en deudas, amenazas ni papeles escondidos. Pensaba en la forma extraña en que la vida devuelve lo que parecía perdido. Ella había perdido padres. Ellos habían perdido un hijo. Y aun así, sin sangre compartida, habían construido una familia.

Remedios apoyó la cabeza en su hombro.

—Nunca imaginé volver a sentirme acompañada.

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