Los 3 hombres que custodiaban el corral se marcharon sin discutir. No por respeto, sino por miedo a meterse en una pelea familiar. Cuando quedaron solos, Iván abrió el corral para que Marina abrazara a Milagros. La vaca apoyó la cabeza contra su hombro, y Marina sintió que una parte de su infancia volvía a respirar.
—¿Por qué nos ayudas? —preguntó Jacinto.
Iván lo miró con una emoción extraña.
—Porque mi abuelo hablaba de usted.
Jacinto frunció el ceño.
—¿De mí?
—Mi abuelo Rafael Barragán. Usted llevaba sus cuentas cuando yo era niño. Él decía que don Jacinto Herrera era el hombre más honrado que había conocido.
Jacinto quedó inmóvil. Durante años había pensado que el apellido de su hijo, su traición y su abandono lo habían dejado sin valor ante el mundo. Escuchar que alguien lo recordaba por su honestidad le llenó los ojos de lágrimas.
Iván respiró hondo y continuó.
—Mi padre sabe lo del agua desde hace años. Encontró copias de estudios viejos. Primero intentó comprarle el rancho al papá de Marina. Cuando no pudo, aprovechó la deuda. Alteró intereses, presionó notarios y ahora quería quedarse con todo antes de que ustedes descubrieran la reserva.
—¿Y tú por qué no hablaste antes? —preguntó Marina.
Iván bajó la mirada.
—Porque fui cobarde. Porque crecí obedeciendo a mi padre. Pero cuando vi que se llevaron a la vaca, entendí que ya no era negocio. Era crueldad.
Sacó una memoria USB y varios documentos de una mochila.
—Aquí hay correos, pagos, copias de avalúos del agua y mensajes donde ordena presionarte. No sé si alcance para hundirlo, pero sí para detenerlo.