PARTE”2

De repente, comencé a sentir un cansancio terrible. Todas las mañanas me despertaba con mareos y náuseas, y ya no podía comer algunos de mis platos favoritos.

 

Al principio pensé que tenía anemia o algún problema estomacal.

 

Pero, como los síntomas continuaban, decidí acudir al médico. Le pedí al chófer que me llevara a una clínica cercana y allí me realizaron varios análisis.

 

Al día siguiente regresé para conocer los resultados.

 

El médico estaba revisando los documentos cuando, de repente, sonrió y dijo:

 

—¡Felicidades, señora Maryam! Está embarazada.

 

Sentí que el corazón se me detenía.

 

Lo miré y pregunté con la voz entrecortada:

 

—¿Está usted seguro?

 

Él soltó una pequeña carcajada.

 

—Por supuesto. Los resultados son muy claros.

 

Me quedé en silencio, sin saber si debía alegrarme o asustarme.

 

Desde el primer día en que pensé en casarme había soñado con ser madre. Sin embargo, aquella noticia parecía imposible para todas las personas que me rodeaban.

 

Todo el mundo decía que el jeque Abdulrahman jamás podría tener hijos. Incluso su propia familia trataba aquella situación como una verdad definitiva.

 

Salí de la clínica con los resultados en la mano y las lágrimas corriendo por mis mejillas sin darme cuenta.

 

Subí al automóvil y pasé todo el camino mirando aquel papel.

 

Me hacía una y otra vez las mismas preguntas:

 

¿Cómo era posible?

 

¿Podría tratarse de un error en los análisis?

 

¿Y si todo lo que la gente decía sobre mi esposo era mentira?

 

Cuando llegué a la mansión, decidí que no le contaría nada a nadie hasta hablar personalmente con el jeque.

 

Pero antes de llegar a su despacho, me encontré con Nawal.

 

Me miró fijamente y preguntó:

 

—¿Dónde estabas?

 

—Fui al médico.

 

—¿Qué te pasa? —preguntó rápidamente.

 

Intenté ocultar mi nerviosismo.

 

—Nada importante. Solo un pequeño malestar.

 

Pero ella siguió observándome, como si intentara descubrir qué estaba ocultando.

 

Aquella noche entré en la habitación del jeque y lo encontré leyendo unos documentos.

 

—¿Podemos hablar de algo importante? —le pregunté.

 

Levantó la mirada.

 

—Adelante.

 

Le entregué los resultados y dije:

 

—Hoy fui al médico y descubrí algo. Estoy embarazada.

 

Se quedó mirando el documento sin pronunciar una sola palabra.

 

Lo tomó de mis manos y lo leyó varias veces. Después levantó lentamente la mirada hacia mí.

 

Nunca antes había visto semejante expresión de asombro en su rostro.

 

—¿Estás segura? —preguntó con una calma extraña.

 

—El médico me lo confirmó.

 

Permaneció en silencio durante un largo rato. Finalmente, dijo:

 

—Por ahora, nadie debe enterarse de esta noticia. Primero tenemos que comprender lo que está pasando.

 

Me sorprendió su reacción, pero pensé que quizá necesitaba tiempo para asimilarlo.

 

No imaginaba que aquel momento marcaría el comienzo del descubrimiento del secreto más peligroso de su vida.

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