ojos.
A la mañana siguiente, un investigador privado contratado por Roman examinó las cámaras cercanas al restaurante.
Las imágenes mostraban una camioneta blanca entrando en el callejón.
Dos hombres bajaron.
Uno abrió la puerta trasera.
El otro arrastró algo hacia la nieve.
Harper se cubrió la boca.
Era Ethan.
Pero lo más inquietante apareció segundos después.
Uno de los hombres se volvió hacia la cámara.
Roman reconoció inmediatamente su rostro.
—No puede ser…
El hombre era Daniel Russo.
Su jefe de seguridad.
Había trabajado para la familia Duca durante diecisiete años.
Había acompañado a Ethan a la escuela.
Había estado presente en todos sus cumpleaños.
Y Roman le había confiado la vida de su hijo.
—¿Dónde está Daniel? —preguntó Roman.
Su asistente, Marco, palideció.
—Desapareció anoche, señor.
Roman permaneció en silencio.
Después miró nuevamente la pantalla.
—Entonces alguien dentro de mi propia casa organizó esto.
Harper intentó marcharse.
Tenía que
