El ambiente se volvió tenso, quebradizo, como si una sola acción pudiera hacerlo estallar. Se oyó un seguro ajustándose. La niebla pareció más densa.
Un agente se inclinó hacia la comandante y murmuró:
—No muestra agresividad.
Valeria no apartó la vista de Delta.
—Justo eso es lo inquietante —contestó—. Delta jamás se comporta así con desconocidos.
“Delta nunca se equivoca cuando reconoce a alguien.”
La comandante dio un paso al frente, con la autoridad de quien ha repetido ese procedimiento decenas de veces. Y pronunció la orden que, hasta entonces, siempre funcionaba.
—K9… atacar.
El tiempo pareció detenerse. El mar quedó inmóvil. La bruma se suspendió como un telón quieto.
Delta no avanzó hacia Ernesto.
En cambio, giró lentamente y encaró a los agentes. Su cuerpo se colocó de forma clara entre el anciano y las armas. Se afirmó sobre las patas con una postura protectora, sólida, como un muro.
Y entonces dejó escapar un gruñido.
No era para Ernesto.
Era para ellos.
- El perro eligió proteger.
- El perro desobedeció.
- El perro señaló, sin palabras, que algo no cuadraba.
—¡Delta, junto! —gritó Valeria, y por primera vez su voz dejó ver sorpresa.
Delta no obedeció. Se pegó aún más a Ernesto, guardándole el costado como si llevara años haciéndolo.