El amanecer llegó despacio al muelle de Ensenada, cubierto por una neblina clara que borraba la frontera entre el mar y el cielo. El paseo de madera estaba desierto: sin turistas, sin vendedores, sin risas. Solo el crujido húmedo de las tablas y el grito lejano de una gaviota que parecía perdida en la bruma.
En el extremo del muelle, un anciano permanecía sentado en un banco gastado por la sal. Su espalda recta hablaba de años de disciplina, aunque el tiempo ya le hubiera quitado vigor. Se llamaba Ernesto Salgado. Con las manos apoyadas sobre las rodillas, transmitía una calma extraña, como si antes hubiera sostenido responsabilidades mucho más pesadas.
A su lado, pegado a él como una sombra fiel, estaba un pastor alemán.
- No llevaba correa.
- No se veía ninguna placa.
- Sin embargo, su cercanía mostraba una confianza absoluta.
El animal se apoyaba en Ernesto con una naturalidad que no parecía fruto de un simple encuentro casual. Sus ojos no tenían la mirada típica de un perro entrenado: había en ellos algo más profundo, tejido con recuerdos, lealtad y una historia que nadie allí conocía.
Ernesto acarició el lomo con dedos levemente temblorosos. Le salió un susurro, casi si