“Ya estás a salvo.”
El perro soltó el aire despacio y cerró los ojos por un instante, como si esas palabras fueran una llave que encajaba en un lugar antiguo.
Entonces, el silencio se rompió.
Las sirenas atravesaron la niebla. Primero una, luego otra. Resonaron pasos firmes sobre la madera. Se escucharon radios chisporroteando y voces cortando el aire con órdenes.
—¡Allí, al final del muelle!
Ernesto levantó la vista, sobresaltado. Varias siluetas emergieron del vapor marino: patrullas cerrando la entrada, agentes desplegándose en abanico, atención máxima. Al frente caminaba una mujer con traje gris, el cabello recogido con tensión y una mirada precisa, imposible de esquivar.
La comandante Valeria Robles, jefa de la unidad K9.
Su mirada se clavó en el pastor alemán.
—Es él —dijo, con una quietud que pesaba.
Los agentes formaron un semicírculo. Uno avanzó con cautela y habló en voz alta, como si cada palabra tuviera que medirla.
—Señor, aléjese del perro. Despacio.
Ernesto no reaccionó. No por orgullo ni desafío, sino por desconcierto. ¿Por qué lo rodeaban? Él solo había venido a ver salir el sol.
El perro, en lugar de agitarse, alzó la cabeza. No ladró, no intentó escapar. Simplemente se arrimó aún más a la pierna del anciano, colocándose de forma protectora.
- Sin agresividad.
- Sin miedo.
- Con decisión.
La mandíbula de Valeria se tensó.
—Ese perro está en servicio —explicó—. Se llama Delta. Desapareció hace una hora durante el entrenamiento. Si está aquí con usted, necesitamos entender el motivo.
—Yo no me lo llevé —respondió Ernesto, con la voz frágil—. Él vino hacia mí… como si me conociera.
Antes de que alguien contestara, Delta apoyó el hocico con suavidad sobre el muslo de Ernesto. Fue un gesto mínimo, casi invisible… y, aun así, tremendamente íntimo, como un reconocimiento.
Valeria alzó una mano, conteniendo a su equipo.
—Atentos —ordenó—. Si el perro reacciona, nadie se mueve.