PARTE 2 / Después de cinco años de matrimonio, mi hija de cuatro años me susurró: “

día apagué el teléfono y abracé a Sofía.

Desperté a las ocho cuarenta.

 

Minutos después, Eduardo entró a la habitación con la camisa mal abotonada.

—¿Por qué no nos despertaste?

Diego apareció detrás de él.

—¡Voy a llegar tardísimo por tu culpa!

Eduardo miró alrededor.

—¿Tampoco hiciste desayuno?

Seguí peinando a Sofía.

—Mariana, ya estuvo bueno. ¿Todavía estás enojada por lo de anoche?

 

Sacó el teléfono.

—Mira.

Había vuelto a agregarme al grupo familiar.

—¿Contenta? Ahora levántate.

Tomé mi celular, abrí WhatsApp y pulsé “Salir del grupo”.

Después bloqueé a Eduardo.

Su rostro se endureció.

—¿Qué estás haciendo?

—Lo que debí hacer hace mucho.

Aquella mañana tenía una cita con una amiga abogada especializada en derecho familiar.

 

Cuando se lo dije, Eduardo soltó una risa incrédula.

—¿De verdad vas a destruir un matrimonio por un muslo de pollo?

—No. Lo voy a terminar por cinco años de cosas que tú

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