PARTE 2 / Después de cinco años de matrimonio, mi hija de cuatro años me susurró: “

pollo.

Sentí ganas de llorar.

—No vuelvas a disculparte por tener hambre.

—¿Nos podemos ir?

—Sí.

—¿A dónde?

Le acaricié el cabello.

—A un lugar donde puedas comerte todos los muslos de pollo que quieras.

 

Sofía guardó silencio unos segundos.

—¿Papá va a ir?

—¿Quieres que vaya?

Negó con la cabeza y escondió la cara en mi pecho.

—Papá solo quiere a Diego.

Aquella noche tomé mi decisión.

No iba a suplicar por entrar una vez más a una familia que llevaba cinco años demostrándome que nunca había sido la mía.

 

Y Eduardo todavía no tenía idea de que, por primera vez, cuando me había sacado del grupo… yo no pensaba regresar.

PARTE 2

A las seis de la mañana sonó mi alarma.

Durante cinco años, esa hora significaba levantarme, preparar desayuno, planchar uniformes, despertar a Eduardo y Diego, revisar la mochila del muchacho y llevarlo a la escuela.

Ese

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