eso dijo:
—Eso pasa porque la consientes demasiado. Ya aprendió a manipularnos.
Sentí que el último hilo que me retenía en aquella casa acababa de romperse.
Tomé a Sofía y caminé hacia nuestra habitación.
—Cuando termines de calmarla —gritó Eduardo detrás de mí—, sales a levantar la mesa y ayudas a Diego con su tarea.
Cerré la puerta.
Minutos después escuché las voces del grupo familiar por el altavoz del teléfono de Eduardo.
Diego contaba su versión.
Su abuela decía que yo era una mujer desagradecida.
Su abuelo aseguraba que cada día me comportaba peor.
Y entonces escuché a Laura.
—No sean tan duros con Mariana. Seguramente tendrá sus razones… Pobrecito Diego, eso sí.
La madre de Eduardo contestó:
—Cuando tú estabas aquí, estas cosas no pasaban.
Hubo risas.
Diego dijo:
—Mamá, ¿cuándo vas a volver con papá?
Nadie lo reprendió.
Miré a Sofía.
—Mamá —susurró—, perdón por comerme el
