PARTE 2 / Después de cinco años de matrimonio, mi hija de cuatro años me susurró: “

porque quería conservar nuestra familia?

Se quedó pálido.

—Nunca quise usarte.

—Pero lo hiciste.

—Puedo cambiar.

—Quizá. Pero no tienes que cambiar para recuperarme. Cambia para no volver a destruir a alguien.

 

Me dirigí a la entrada.

Eduardo habló detrás de mí.

—¿Puedo ver a Sofía?

Miré hacia la ventana del departamento de mis padres.

—Le preguntaré.

Llamé a mi madre.

Sofía escuchó la pregunta.

Su respuesta llegó clara.

—No quiero verlo.

Guardé el teléfono.

—No quiere bajar.

Eduardo cerró los ojos.

 

—Solo quiero pedirle perdón.

—Tu disculpa llegó cuando ella ya aprendió a tenerte miedo.

Al día siguiente volvió con juguetes.

Sofía tampoco quiso verlo.

La tercera vez, mi padre bajó furioso.

—¡Deja en paz a mi hija!

Eduardo no discutió.

Solo levantó la cabeza hacia nuestras ventanas.

—¡Mariana! ¡Sofía! ¡Perdónenme!

 

Mi hija se tapó los oídos.

Mi madre bajó entonces.

Se plantó frente a él.

—Mi hija salió

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