bolsa.
—No fui yo quien destruyó tu matrimonio, Eduardo. Yo solo aproveché la puerta que tú llevabas cinco años dejando abierta.
Se llevó a Diego.
Cuando la puerta se cerró, Eduardo quedó solo.
En la cocina había platos sucios.
No había cena.
No había ropa planchada.
No se escuchaban los pasos pequeños de Sofía.
Por primera vez comprendió cuánto de su vida diaria llevaba mi nombre sin que él se hubiera molestado jamás en agradecerlo.
Me llamó.
Lo había bloqueado.
Me escribió desde otra cuenta.
Tampoco obtuvo respuesta.
Mientras tanto, Sofía y yo llegamos a casa de mis padres.
Mi madre abrió la puerta.
Al ver el arañazo en mi mejilla, se le llenaron los ojos de lágrimas.
No preguntó qué había pasado.
Solo me abrazó.
—Ya estás en casa.
Mi padre salió de la cocina con un cucharón.
—Llegaron justo a tiempo. Hice carnitas y arroz.
Sofía olfateó el
