exesposa no comía cebolla.
Saqué de mi bolsa el convenio que me había preparado mi abogada.
Lo dejé sobre la mesa.
—Aquí está.
Eduardo leyó la primera página.
Su rostro cambió.
—¿Convenio de divorcio?
—Ya está firmado de mi parte.
Diego casi saltó del sofá.
—¡Firma, papá! ¡Firma!
Laura bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Eduardo agarró los papeles y los rompió.
—Ya. No existe.
—Puedo imprimirlo otra vez.
La sonrisa de Laura desapareció.
Eduardo se acercó.
—Deja de comportarte como una niña.
—Yo ya terminé de comportarme como la mujer que aguanta todo.
Entré al dormitorio.
Esa noche llamé a mis padres.
—Mamá, me quiero divorciar.
Mi madre guardó silencio apenas dos segundos.
—¿Te están haciendo daño?
La pregunta bastó para que empezara a llorar.
Mi padre tomó el teléfono.
—Tú agarra a Sofía y regresa a tu casa. Aquí nadie te va a preguntar cuánto tiempo piensas
