PARTE 14: MI HERMANA Y YO
Mariana y yo somos más cercanas ahora.
No mágicamente.
Perdimos demasiados años.
Pero nos llamamos directamente.
Suena ridículamente sencillo.
No lo es.
Si está enojada conmigo, me lo dice ella.
Si rechazo una invitación, sabe que fui yo.
No existe intermediario.
Cuando nació su primera hija, volé desde Puerto Esmeralda y pasé cuatro días con ella.
Una noche, a las tres de la mañana, mientras ambas estábamos despiertas por el bebé, preguntó:
—¿Piensas cómo habría sido nuestra relación si papá no se hubiera metido tanto?
—Sí.
—¿Y qué crees?
La miré.
—Creo que igual nos habríamos desesperado mutuamente.
Se rio.
—Seguro.
—Y habríamos peleado.
—También.
—Pero al menos las peleas habrían sido nuestras.
Se quedó callada.
—Eso es lo que más me enoja.
—A mí también.
El bebé empezó a llorar.
La vida siguió.
