PARTE 7: LA NOCHE EN CASA
Alejandro y yo regresamos a nuestro departamento.
No a una mansión.
No a un penthouse espectacular.
Un departamento tranquilo de dos habitaciones.
Pedimos sopa.
Me puse una camisa suya.
Cerca de las dos de la mañana dije:
—Perdón.
Dejó el libro.
—¿Por llamarme?
—Por esconderte.
—Nunca me escondiste de tu vida.
—Escondí nuestro matrimonio de ellos.
—Al principio necesitabas privacidad.
—Sí.
—¿Y después?
Miré alrededor.
Una taza de cerámica torcida que Alejandro había hecho en una clase.
Fotografías de viajes.
Dos vasos junto a la cama.
Una cobija que él robaba cada noche y negaba robar.
—Me acostumbré a tener dos versiones de mí.
—Contigo era simplemente Elena.
—Con ellos volvía a ser una persona que tenía que defender cada decisión.
—Suena agotador.
—Lo era.
Tomó mi mano.
—No quiero que ahora hables de nuestro matrimonio porque te sientas culpable.
—Quiero que vivas abiertamente porque ya no pienses que tu felicidad necesita esconderse para sobrevivir.
Asentí.
Entonces vibró mi teléfono.
Mariana.
“Encontré el correo que te mandé.”
Otro mensaje.
“Algo está mal.”
Y después:
“Papá cambió tu dirección antes de enviar el paquete de la boda.”
Me senté.
Alejandro vio mi cara.
—¿Qué pasó?
Le enseñé.
Llegó otro mensaje.
“Elena, creo que lo hizo a propósito.”
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PARTE 8: NO ERA LA PRIMERA VEZ
Mariana llegó a la mañana siguiente.
Sin maquillaje.
Cabello recogido.
Café.
Computadora.
Parecía otra persona comparada con la novia de la noche anterior.
Abrió el correo.
El asunto decía:
“¿QUIERES ESTAR A MI LADO?”
La carta no era formal.
Mariana admitía que nos habíamos alejado.
Reconocía que ser la favorita de papá me había herido.
Y quería que estuviera junto a ella en la boda.
No como una invitada cualquiera.
Como su hermana.
Nunca lo recibí.
El paquete de organización originalmente contenía mi correo actual.
Papá lo había enviado después a su asistente.
Había escrito:
“Usa para Elena la cuenta vieja de la fundación. Mantengamos la comunicación familiar sencilla. Tiende a complicar situaciones emocionales.”
Mariana miró la pantalla.
—Él sabía que esa cuenta ya no funcionaba.
—Sí.
—Se lo dije.
Seguimos buscando.
Encontramos otra cadena.
Una cena benéfica de dos años antes.
Mariana preguntaba si yo asistiría.
Papá respondió:
“Elena rechazó la invitación.”
Yo nunca la había recibido.
Navidad.
Mariana había propuesto que cocináramos juntas por la mañana como cuando éramos adolescentes.
Papá le dijo:
“Elena prefiere llegar más tarde.”
A mí me dijo:
“Mariana quiere pasar la mañana solo con la familia de su prometido.”
Ninguna afirmación era cierta.
Mariana cerró la computadora.
—Dios mío.
Nos miramos.
—Durante años pensé que no querías estar conmigo —dije.
Ella empezó a llorar.
—Yo creía que me detestabas.
—Sí te resentí.
Se estremeció.
—Pero no toda la distancia era nuestra.
Eso importaba.
Nosotras también nos habíamos lastimado.
Papá no había inventado cada problema.
Pero había ensanchado cada grieta.
Porque mientras Mariana y yo nos comunicáramos a través de él, Arturo controlaba la interpretación.
Si hablábamos directamente, podíamos comparar versiones.
Y eso aparentemente lo incomodaba.
—Quiero arreglarlo —dijo Mariana.
—No podemos arreglar treinta años en un día.
—Lo sé.
—Pero sí podemos dejar de permitir que otra persona narre nuestra relación.
Asintió.
Era un comienzo.
