Y entonces alguien me vio.
El ruido disminuyó.
No desapareció.
Pero disminuyó.
Mia fue la primera en acercarse.
—Dios mío.
Me abrazó.
—Pensé que no volverías.
—Yo también.
Por encima de su hombro vi a Ethan.
Estaba junto a la sala de conferencias.
El traje seguía siendo impecable.
Él no.
Tenía la corbata floja, las mangas ligeramente arrugadas y unas sombras oscuras bajo los ojos.
Nos miramos.
Ayer, cuando caminó hacia mi escritorio, parecía un conquistador inspeccionando territorio recién ocupado.
Ahora tuvo que caminar hacia mí.
—Claire.
—Ethan.
Miró a las personas alrededor.
—Podemos hablar en mi oficina.
—Primero quiero ver al equipo técnico.
Su mandíbula se tensó.
—Claro.
No fue una victoria épica.
No hubo aplausos.
Fue algo mucho más satisfactorio.
Tuvo que apartarse para dejarme pasar.
El director de tecnología local, Marcus Reed, llevaba doce años en la empresa.
Cuando me vio entrar en la sala técnica dejó escapar el aire.
—Nunca pensé que estaría tan feliz de verte.
—Eso dices porque todavía no has visto mi factura.
Se rio.
Los ingenieros también.
La tensión bajó un poco.
—Cuéntame qué habéis hecho.
Marcus me mostró los registros.
Durante la siguiente hora revisamos el estado del entorno.
Nadie había perdido datos.
Eso era lo más importante.
El sistema estaba comportándose como se esperaba ante una ruptura de custodia.
Habían intentado distintos procedimientos, pero ninguno podía completar la transferencia porque la baja se había ejecutado sin designar previamente un sucesor válido.
—Tenemos que reconstruir la cadena administrativa —dije.
Uno de los consultores externos frunció el ceño.
—¿Cuánto?
—Si nadie vuelve a improvisar, unas horas.
Marcus lanzó una mirada hacia la puerta de cristal.
Ethan estaba al otro lado.
—Eso último puede ser complicado.
A la una y veinte, Ethan entró.
—Necesito una actualización.
Marcus empezó a hablar.
—Estamos validando—
