La patrulla de la policía municipal llegó en menos de 10 minutos. Para entonces, la mitad de la cuadra estaba afuera de sus casas murmurando y señalando la entrada de Carmen. Valeria, al ver las luces rojas y azules reflejarse en la pared, intentó acomodarse el cabello desordenado y forzó unas lágrimas de cocodrilo, asumiendo rápidamente el papel de víctima indefensa. Sin embargo, doña Leticia ya le estaba dando todos los detalles al oficial encargado.
—Yo lo vi todo, oficial. Esa muchachita le soltó un golpe a doña Carmen de la nada, sin que la señora la provocara —aseguró la vecina con firmeza.
El policía se acercó a Carmen, observando la evidente marca roja en su pómulo.
—Señora, ¿desea presentar cargos formales por agresión?
Carmen miró a Mateo. Su hijo seguía de pie junto a las 2 maletas gigantes, pálido y tembloroso, como un niño pequeño esperando que alguien más tomara el control de su vida.
—Sí —respondió Carmen con voz clara y potente—. Deseo presentar cargos.
Valeria perdió el color del rostro al instante.
—¿Vas a mandar a arrestar a la esposa de tu hijo? ¡Estás loca! —gritó, perdiendo por completo la compostura.
—No, voy a denunciar a la delincuente que me golpeó en mi propia casa —sentenció la suegra.
Cuando los oficiales le pusieron las esposas y la metieron a la parte trasera de la patrulla, Valeria lanzó toda clase de insultos, jurando que Mateo la odiaría por el resto de su vida. Y Mateo, en efecto, no movió un solo músculo. Solo cuando la patrulla dobló la esquina y desapareció de la vista, se atrevió a susurrar:
—Mamá… ¿de verdad tenías que llegar a esto?
—Tu esposa me golpeó en la cara y tú buscaste excusas para justificarla. Sí, Mateo, tenía que hacerlo.
Esa noche, Carmen no pegó el ojo. A sus 62 años, nunca imaginó tener que blindarse contra su propia sangre. Se levantó de madrugada, abrió el archivero de metal donde guardaba sus documentos importantes y sacó un folder manila. Ahí estaba: el pagaré notariado que Mateo y Valeria habían firmado hacía 4 años, cuando ella les prestó los $800,000 pesos para el enganche de la casa de San Pedro. El documento, redactado por su abogado, estipulaba claramente una tasa de interés anual y ponía la propiedad como garantía del préstamo.
A la mañana siguiente, Carmen estaba sentada en la oficina del licenciado Villarreal.
—Vendieron la casa por $12,400,000 pesos, gastaron todo y no me devolvieron ni un centavo de mi dinero —explicó Carmen, poniendo el pagaré sobre el escritorio de caoba.
El abogado leyó el papel en silencio durante 3 segundos.
—Entonces, los vamos a demandar. Capital, intereses moratorios, gastos legales y daños.
La notificación de la demanda llegó al modesto motel donde Mateo se estaba quedando 4 días después. Él llamó a su madre de inmediato, al borde de un ataque de pánico.
—¿Nos estás demandando por $1,240,000 pesos? Mamá, no tenemos nada de ese dinero.
—Ese es tu problema, Mateo. No puedes vender una casa hipotecada, despilfarrar el capital y esperar que yo subsidie su irresponsabilidad financiera.