Rodrigo lo reconoció por algunas fotografías de redes sociales.
—¿Tú eres el marido?
—Soy Emiliano.
—Yo soy el padre de Sofía.
Emiliano no se alteró.
—Sé quién eres.
Rodrigo miró nuevamente alrededor.
—Entonces Mariana me mintió.
—Nunca me preguntaste dónde vivíamos —respondió ella—. Mandaste fotografiar la vieja casa y decidiste inventar el resto.
En ese momento se escuchó la voz de Sofía desde el jardín.
—¡Papá, mira!
Rodrigo giró inmediatamente.
La niña corría hacia Emiliano sosteniendo una hoja de papel.
Al ver a los visitantes se detuvo.
Ya tenía siete años.
Miró a Rodrigo durante varios segundos.
No corrió a abrazarlo.
No sonrió.
Solo preguntó:
—¿Tú eres Rodrigo?
Aquellas cuatro palabras hicieron más daño que cualquier insulto.
Rodrigo palideció.
Mariana se acercó a su hija.
—Sí, mi amor.
—Ah.
Sofía volvió la vista hacia Emiliano.
—Papá, te hice el dibujo del gallinero.
Camila observó la escena en silencio.
Rodrigo apretó los labios.
—Mariana, dile que soy su padre.
—Ella sabe quién eres.
—Entonces, ¿por qué le dice papá a él?
Emiliano respondió antes que Mariana.
—Porque yo he estado aquí.
No lo dijo con arrogancia.
Eso fue todavía peor.
Rodrigo pidió hablar en privado.
Mariana llevó a Sofía con doña Lupita y regresó.
Se sentaron los cuatro en la terraza.
—Mi abogado dice que tengo derechos —insistió Rodrigo.
—Claro que tienes derechos —respondió Mariana—. También obligaciones. Nadie te los está negando. Lo que no puedes hacer es aparecer tres años después y tratar a Sofía como solución para tu problema de pareja.
—¡No es eso!
Camila lo miró.
—Rodrigo…
—No empieces.
—Ella tiene razón en una cosa.
Rodrigo se volvió hacia su esposa.
Camila parecía al borde del llanto.
—Tú me dijiste que Mariana apenas podía mantenerla. Me dijiste que Sofía vivía prácticamente abandonada en esa casa vieja.
Mariana quedó helada.
Rodrigo se levantó.
—No dije abandonada.
—Dijiste que una niña de siete años todavía podía adaptarse rápido a nosotros.
El silencio fue brutal.
Camila continuó:
—Me dijiste que ella necesitaba una mamá con tiempo para cuidarla.
Mariana apretó las manos.
—¿Una mamá?
Camila se cubrió el rostro.
—Yo quería ser madre. Muchísimo. Y cuando Rodrigo me habló de Sofía… pensé que quizá…
—¿Pensaste que mi hija podía llenar un espacio vacío?
—No quise hacerlo sonar así.
—Pero es exactamente así.
Emiliano intervino con calma.
—Sofía no es un tratamiento para la infertilidad de nadie.
Rodrigo golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta! ¡No tienen derecho a juzgarme!
Mariana se puso de pie.
—Tú exigiste una prueba de ADN cuando tenía meses porque no querías creer que era tuya. Después comprobaste que sí lo era y tampoco la quisiste. Te fuiste. Formaste otra vida. Ahora que no puedes tener otro hijo, regresas a reclamar justamente a la niña que rechazaste. ¿Y todavía preguntas por qué te juzgamos?
Rodrigo no respondió.
Aquella tarde se marcharon.
Pero no retiraron la demanda.
Mariana contrató a una abogada de Puebla llamada Verónica Salas.
La primera reunión tranquilizó algunos de sus miedos.
—Que Rodrigo sea el padre biológico no significa que pueda llegar mañana y llevársela —explicó Verónica—. Aquí importa la situación completa de la niña: quién ha sido su cuidadora principal, su estabilidad, su escuela, sus vínculos, la relación real con cada progenitor. Él puede pedir convivencia y puede intentar modificar acuerdos, pero otra cosa muy distinta es demostrar que arrancarla de su entorno es lo mejor para ella.
Mariana llevó todo.
Mensajes.
Comprobantes de pensión.
Capturas de cumpleaños en los que Rodrigo prometía ir y no llegaba.
Registros escolares.
Consultas médicas.
Fotografías de la vida de Sofía.
También encontró el viejo resultado de ADN.
Emiliano soltó una carcajada amarga al verlo.
—Qué ironía. Primero necesitó un papel para aceptar que era su hija y ahora usa ese mismo parentesco para querer llevársela.
Mariana no se rió.
—Tengo miedo.
Emiliano tomó su mano.
—Yo también.
Fue la primera vez que lo admitió.
—Pero tener miedo no significa estar solos.
El proceso no fue rápido.
Hubo entrevistas y evaluaciones.
