Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz:

PARTE 1

—La niña se va con Mariana. Yo no pienso cargar con una hija que nunca quise. Tú nada más ten listas tus cosas, Camila. En cuanto ella salga del departamento, te vienes conmigo.

Mariana sintió que las tijeras de podar se le resbalaban de los dedos.

Estaba en el pequeño cuarto que había convertido en invernadero, rodeada de orquídeas, monsteras y anturios. Llevaba puestos los audífonos, pero la música se había detenido justo cuando Rodrigo entró al departamento. Él creyó que su esposa no podía escucharlo y contestó el teléfono sin bajar la voz.

—Mañana se lo digo —continuó—. Ya metí lo del divorcio. El departamento está a nombre de mi mamá, así que no puede reclamarlo. Le doy unas semanas para largarse y asunto arreglado.

Mariana cerró los ojos.

No lloró.

Quizá porque llevaba cuatro años llorando por dentro.

Cuando conoció a Rodrigo, ella trabajaba como agrónoma para una empresa que diseñaba jardines urbanos en Ciudad de México. Él colaboraba con una constructora y parecía exactamente el hombre que su madre siempre le había deseado: trabajador, educado, bien vestido, sin vicios y con una sonrisa capaz de conquistar a cualquiera.

Se casaron ocho meses después.

Durante tres años, Mariana creyó vivir un matrimonio perfecto.

Todo cambió cuando nació Sofía.

Rodrigo había querido un niño. También su madre, doña Beatriz, hablaba desde el embarazo del “primer nieto varón de la familia”.

Cuando la enfermera anunció que era niña, Rodrigo sonrió para las fotos, compró flores y cargó a la bebé frente a todos. Pero aquella emoción duró muy poco.

Con los primeros meses llegaron los reclamos.

—Haz que deje de llorar.

—Tú estás en casa, yo sí trabajo.

—La casa parece guardería.

—Desde que nació esa niña, tú ya ni pareces mujer.

Mariana dejó temporalmente su empleo para cuidar a Sofía, pero Rodrigo empezó a tratarla como si no aportara nada.

Doña Beatriz tampoco ayudaba.

Un día, después de mirar a la niña durante varios minutos, comentó:

—Está raro que no se parezca en nada a Rodrigo.

Dos días después, él exigió una prueba de paternidad.

—Si no tienes nada que esconder, ¿qué te preocupa? —le dijo.

Mariana aceptó, más por cansancio que por otra cosa.

El resultado confirmó lo evidente: Rodrigo era el padre.

Ella esperó una disculpa.

Nunca llegó.

—Bueno, ya sabemos —fue todo lo que dijo.

Desde entonces, Mariana comenzó a refugiarse en lo único que todavía le daba paz: las plantas.

Su madre, doña Elena, había vivido cerca de Atlixco, Puebla, y desde niña le había enseñado a reproducir árboles frutales, preparar sustratos y recuperar plantas enfermas. Mariana aprovechó esos conocimientos y comenzó a vender ejemplares por internet.

El negocio creció.

Rodrigo incluso presumía con sus conocidos que su esposa tenía “su emprendimiento”.

Lo que no presumía eran sus amantes.

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