Mariana descubrió la primera por accidente. Después hubo otra y otra. Nunca hizo escenas. Se convenció de que mantener a Sofía con ambos padres era más importante que su dignidad.
Hasta aquella tarde.
Rodrigo salió del cuarto sin sospechar que ella había escuchado todo.
Al día siguiente, sentado frente a la cocina, hizo exactamente lo que había prometido.
—Ya inicié el divorcio.
—Está bien —respondió Mariana.
Rodrigo pareció desconcertado.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que haga? ¿Que te ruegue?
Él evitó mirarla.
—Tengo otra relación. Quiero empezar de nuevo.
—Lo sé.
Rodrigo levantó la cabeza.
Mariana sostuvo su mirada.
—Sé muchas más cosas de las que imaginas.
Durante unos segundos, él no supo qué responder.
Entonces recuperó su arrogancia.
—Bueno. Eso hace todo más fácil. El departamento es de mi mamá. El coche puedes quedártelo. Por Sofía voy a dar pensión, no soy un desgraciado. Pero necesito que busques dónde vivir.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Tres semanas.
Mariana asintió.
Rodrigo tomó las llaves y, antes de salir, soltó una frase que terminó de destruir lo poco que quedaba entre ellos.
—Y llévate todas esas plantas. Camila ya escogió ese cuarto para poner su estudio.
Mariana miró el invernadero que había construido hoja por hoja durante años.
Luego miró a su esposo.
Aquella noche comprendió que perder ese departamento no iba a ser lo peor.
Lo que Rodrigo planeaba hacer después era algo que ella jamás habría imaginado.
PARTE 2
Durante varios días, Mariana buscó departamentos pequeños en Ciudad de México. Todos tenían el mismo problema: o eran demasiado caros o no había espacio para Sofía y las cientos de plantas que ya formaban parte de su negocio.
Una madrugada soñó con la casa de su madre.
Despertó recordando el patio lleno de bugambilias, los limoneros, los duraznos y el viejo vivero donde había pasado la infancia.
La casa seguía siendo suya.
Doña Elena había muerto dos años antes y Mariana nunca había tenido valor para venderla.
A la mañana siguiente tomó una decisión.
—Nos vamos a Puebla.
Rodrigo casi se atragantó cuando ella se lo comunicó.
—¿A ese pueblo? Mariana, no seas ridícula.
—Tú querías que me fuera.
—Sí, pero no que arrastres a mi hija a vivir entre gallinas.
—Curioso. Hace una semana era “esa niña”. Ahora resulta que es “mi hija”.
Él apretó la mandíbula.
—Haz lo que quieras.
Mariana lo hizo.
Contrató una mudanza, empacó su equipo, sus macetas y las cosas de Sofía, y regresó al lugar donde había crecido.
La casa estaba vieja, pero seguía en pie.
Su vecina, doña Lupita, casi lloró al verla.
—Eres igualita a Elena cuando regresaba del mercado cargada de plantas.
Fue ella quien le recomendó buscar a Emiliano Salgado para revisar la instalación eléctrica.
Mariana necesitaba lámparas especiales, ventilación y sistemas de riego. El cableado de la casa tenía décadas y podía provocar un incendio.
Esperaba encontrar a un electricista.
En cambio, encontró a un hombre alto, moreno y cubierto de polvo cargando costales junto a una construcción nueva cerca del río.
—Busco al señor Emiliano Salgado.
El hombre sonrió.
—Pues ya lo encontró.
Mariana se puso roja.
Había supuesto que era uno de los albañiles.
Emiliano no se ofendió. Le explicó que aquella propiedad había pertenecido a su abuelo y que él mismo estaba ayudando a reconstruirla.
Ese mismo día fue a revisar la casa de Mariana.
No quiso cobrarle.
—Tu mamá me vendió los primeros árboles que planté aquí. Digamos que tengo una deuda pendiente.
Emiliano terminó cambiando media instalación.
Después ayudó a adaptar una habitación para las plantas tropicales.
Luego apareció con madera para reparar unas ventanas.
Sin darse cuenta, comenzó a formar parte de la rutina de Mariana y Sofía.
Sofía fue la primera en encariñarse.
Emiliano la dejaba alimentar a sus gallinas, le enseñaba a sembrar rábanos y guardaba sus dibujos en el refrigerador.
Mariana descubrió después que aquel hombre que siempre andaba en botas y camisetas viejas no era ningún campesino sin recursos.
Había sido chef y era socio de dos restaurantes en Puebla. Se había mudado al campo después de un divorcio complicado.
—Mi exesposa quería dinero, viajes y una vida que a mí ya me cansó —le confesó—. Yo quería una familia. Ella decía que quería lo mismo hasta que entendí que solo lo decía para que no me fuera.
Mariana no esperaba enamorarse.
Mucho menos tan pronto.
Pero junto a Emiliano volvió a sentirse escuchada.
