a su lado, cargando una pequeña bolsa que contenía sus recuerdos de la ceremonia.
Debajo de la imagen, su madre había escrito:
«Gracias por estar allí cuando nosotros no pudimos estarlo».
Me quedé mirando aquellas palabras. Luego abrí mi cartera y coloqué la tarjeta de embarque junto a una vieja fotografía que siempre llevaba conmigo.
En ella aparecíamos Lena y yo, hace muchos años, riendo después de una carrera.
Dos momentos separados por el tiempo.
Dos mujeres jóvenes que habían confiado en mí de maneras distintas.
Y una lección que, por fin, empezaba a comprender.
Cuando anunciaron el embarque, me levanté, tomé mi maleta y me dirigí hacia la puerta de embarque.
No necesitaba que nadie me esperara con una cámara al otro lado.
Yo sabía quién era ella.
Ella sabía lo que había logrado. Y, sobre todo, ella sabía qué clase de persona quería seguir siendo.
Antes de guardar
