necesitaban.
La identidad de la joven encontrada tras las inundaciones de 2020 había sido confirmada mediante comparaciones y las pruebas pertinentes.
Era Lena Ortiz.
Tenía veintidós años cuando murió.
Me quedé sentada en mi escritorio.
No grité.
No lancé nada.
Me quedé mirando el teléfono durante unos segundos, sin poder articular ni una sola palabra.
Había pasado ocho años preguntándome por qué mi mejor amiga había dejado de quererme.
Y, de repente, supe la respuesta.
Lena no me había abandonado. No había decidido que nuestra amistad dejara de importarle.
No había empezado una nueva vida en algún lugar lejano.
Había muerto aquella noche.
Y acababa de perderla por segunda vez.
PARTE 4
Confirmar la muerte de Lena no me trajo la paz que había imaginado.
Durante los primeros días, apenas podía concentrarme.
Cumplí con mis obligaciones, respondí a las preguntas necesarias y mantuve una rutina que me ayudó a seguir
