guardaba en mi escritorio. En ella, ambas parecíamos estar corriendo bajo la lluvia, años antes de que todo cambiara.
«Me temo que sí», respondí. «Y, a la vez, me temo que no; porque, si no lo son, seguiríamos sin saber dónde está».
Carmen rompió a llorar.
Permanecimos al teléfono durante mucho tiempo.
No intentamos consolarnos mutuamente con promesas.
Simplemente hablamos de Lena.
De cómo solía reír.
De cuánto amaba los libros.
De su costumbre de guardar recibos y entradas de cine dentro de sus novelas. Al colgar, me di cuenta de que Lena había seguido existiendo en los recuerdos de otras personas a lo largo de esos ocho años.
Mi madre había logrado ocultarnos la verdad.
Pero no había logrado borrar a Lena de nuestras vidas.
Pasaron unas semanas más.
Y entonces, una mañana de noviembre, recibí la llamada que llevaba meses esperando.
Los investigadores habían obtenido los resultados que
