—Tuviste oportunidad de hablar en el salón.
—No sabía que Beatriz iba a decir eso.
—Pero sí sabías cómo defenderme.
Beatriz soltó una risa seca.
—Ernesto, deja de rogarle. Está asustada. Solo está haciendo teatro.
—No estoy asustada —dijo Valeria—. El Hotel Miramar Reforma pertenece al Fideicomiso Lucía Mendoza de Alcázar. El terreno de Paseo de la Reforma ya está registrado a nombre del fideicomiso. Las cuentas operativas fueron transferidas. Ni Ernesto Alcázar, ni Beatriz Alcázar, ni ninguna empresa vinculada a ustedes puede tocar esos fondos.
Beatriz dejó de respirar por un segundo.
Valeria pudo sentirlo a través de la puerta.
Ernesto habló casi en un susurro.
—Valeria, la nómina se paga el viernes.
—Se pagará.
—Hay contratos de eventos.
—Se respetarán.
—Hay proveedores.
—Se revisarán.
Beatriz recuperó la voz.
—Niña insolente. Planeaste esto para humillarnos.
—No. Esperé 28 años para ver si mi padre me elegía sin que un documento lo obligara.
Nadie contestó.
Valeria abrió la mirilla.
Ernesto estaba en el pasillo con el moño deshecho y el rostro hundido. Beatriz seguía a su lado, con el vestido plateado, los labios temblando de rabia y un collar de diamantes que parecía más pesado que su vergüenza.
—Tienes hasta mañana para devolver el control —dijo Beatriz, bajando la voz—. No sabes con quién te estás metiendo.
—Sí sé. Con una mujer que puso a su hijo a cobrar 16 mil dólares mensuales por una consultoría falsa.
Beatriz se quedó quieta.
Ese era el golpe verdadero.
Su hijo, Rodrigo, vivía en Miami, subía fotos en yates y aparecía en los registros del hotel como “asesor estratégico de experiencia premium”. No contestaba correos, no asistía a juntas y no sabía distinguir una auditoría de un menú de room service.
Valeria deslizó una carpeta por debajo de la puerta.
—Empiecen por la página 6.
Ernesto se inclinó para recogerla, pero Beatriz se adelantó.
—¿Qué es esto?
—Facturas de Solara Hospitality Group. La empresa no existe en la dirección registrada. Recibió 840 mil dólares en 14 meses. La cuenta beneficiaria está vinculada a Rodrigo.
Ernesto cerró los ojos.
—Valeria…
—Tengo copias. Álvaro también.
Beatriz golpeó la carpeta contra la puerta.
—No te atreverías.
—Ya me atreví.
El elevador se abrió. Dos guardias del edificio aparecieron.
—Señora, tiene que retirarse —dijo uno.
Beatriz miró a Ernesto, esperando que él la protegiera como siempre.
Pero Ernesto no habló.
No por valor.
Por miedo.
Se fueron minutos después. Valeria escuchó sus pasos alejarse hasta que el pasillo quedó vacío.
A las 12:41 a.m., Álvaro llamó.
—Valeria, Beatriz acaba de presentar una petición de emergencia. Dice que manipulaste a tu padre, que el fideicomiso es fraudulento y que tu madre no estaba mentalmente estable cuando lo firmó.
Valeria caminó hacia la ventana. A lo lejos, el letrero del Miramar Reforma brillaba sobre la ciudad como una corona dorada.
—¿Puede ganar?
—No —dijo Álvaro—. Pero puede hacer mucho ruido.
Valeria miró la carpeta tirada junto al elevador, como si Beatriz hubiera dejado ahí la primera pieza de su propia caída.
—Entonces mañana —dijo— haremos más ruido nosotros.
PARTE 3
A las 7:00 a.m., Beatriz Alcázar ya había cometido 3 errores.
El primero fue confundir escándalo con poder.
Envió un correo a todo el equipo directivo del Hotel Miramar Reforma con el asunto: TOMA ILEGAL DEL HOTEL. En el mensaje describía a Valeria como inestable, vengativa y “temporalmente en posesión de activos que no comprende”. Ordenaba a gerentes, contadores y jefes de área ignorar cualquier instrucción de ella o de su abogado.
El segundo error fue copiar al despacho contable externo.
El tercero fue copiar a Valeria.