PARTE 2: Valeria no abrió.
Beatriz siguió golpeando la puerta, con las pulseras chocando contra la madera.
—¡Te crees muy lista! —escupió—. ¡Pero mañana mismo te vas a arrepentir de haber robado lo que no es tuyo!
Desde el departamento de enfrente salió doña Teresa, una vecina jubilada que no le tenía miedo ni al ruido ni a la gente rica.
—Señora, ya llamé a vigilancia del edificio.
—Métase en sus asuntos —respondió Beatriz.
—Esto ya no es un asunto familiar —dijo Valeria desde adentro—. Desde las 9:16 es un asunto legal.
El pasillo quedó en silencio.
Luego se oyó la voz de Ernesto, más débil, más vieja.
—Valeria, por favor. Abre. Hablemos como familia.
Ella apoyó la mano en el seguro, pero no lo giró.
—Tuviste oportunidad de hablar en el salón.
—No sabía que Beatriz iba a decir eso.
—Pero sí sabías cómo defenderme.
Beatriz soltó una risa seca.
—Ernesto, deja de rogarle. Está asustada. Solo está haciendo teatro.
—No estoy asustada —dijo Valeria—. El Hotel Miramar Reforma pertenece al Fideicomiso Lucía Mendoza de Alcázar. El terreno de Paseo de la Reforma ya está registrado a nombre del fideicomiso. Las cuentas operativas fueron transferidas. Ni Ernesto Alcázar, ni Beatriz Alcázar, ni ninguna empresa vinculada a ustedes puede tocar esos fondos.
Beatriz dejó de respirar por un segundo.
Valeria pudo sentirlo a través de la puerta.
Ernesto habló casi en un susurro.
—Valeria, la nómina se paga el viernes.
—Se pagará.
—Hay contratos de eventos.
—Se respetarán.
—Hay proveedores.
—Se revisarán.
Beatriz recuperó la voz.
—Niña insolente. Planeaste esto para humillarnos.
—No. Esperé 28 años para ver si mi padre me elegía sin que un documento lo obligara.
Nadie contestó.
Valeria abrió la mirilla.
Ernesto estaba en el pasillo con el moño deshecho y el rostro hundido. Beatriz seguía a su lado, con el vestido plateado, los labios temblando de rabia y un collar de diamantes que parecía más pesado que su vergüenza.
—Tienes hasta mañana para devolver el control —dijo Beatriz, bajando la voz—. No sabes con quién te estás metiendo.
—Sí sé. Con una mujer que puso a su hijo a cobrar 16 mil dólares mensuales por una consultoría falsa.
Beatriz se quedó quieta.
Ese era el golpe verdadero.
Su hijo, Rodrigo, vivía en Miami, subía fotos en yates y aparecía en los registros del hotel como “asesor estratégico de experiencia premium”. No contestaba correos, no asistía a juntas y no sabía distinguir una auditoría de un menú de room service.
Valeria deslizó una carpeta por debajo de la puerta.
—Empiecen por la página 6.
Ernesto se inclinó para recogerla, pero Beatriz se adelantó.