La Máscara de Encaje y el Legado de los Arriaga

La Máscara de Encaje y el Legado de los Arriaga
La Verdad en el Altar de Piedra
La catedral de Santiago parecía haber perdido toda su calidez divina en un abrir y cerrar de ojos. El aire, antes impregnado del dulce aroma del incienso y las rosas blancas, se tornó denso y asfixiante, cargado de una electricidad estática que hacía que a Mateo se le erizara la piel bajo el fino tejido de su saco azul. Sus dedos sostenían el papel arrugado con una fuerza desmedida, arrugando aún más los bordes de lo que resultaba ser un documento oficial del registro civil de la ciudad, sellado y firmado hacía apenas tres meses.

Elena permanecía de rodillas sobre la mullida alfombra carmesí, con el tul de su velo enredado entre las flores del arreglo lateral del altar. Su rostro, habitualmente sereno y poseedor de una belleza que a Mateo siempre le había parecido celestial, se encontraba ahora desencajado, surcado por lágrimas calientes que amenazaban con disolver el maquillaje perfecto de su gran día. El contraste era devastador: una novia idílica, vestida con un diseño de alta costura que emulaba la pureza de la primavera, postrada ante el hombre que se suponía debía rescatarla del altar para llevarla hacia una vida de ensueño.

—Mateo, mírame, por favor —suplicó ella, con una voz que apenas superaba el murmullo del viento que se colaba por las vidrieras de la catedral—. No permitas que un trozo de papel destruya lo que sentimos. El amor que te tengo es real, juro que lo es.

—¿El amor? —Mateo soltó una risa amarga que resonó con fuerza en las paredes de piedra tallada—. ¿Llamas amor a construir nuestra vida sobre una fosa común de secretos y estafas legales?

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