no pisaba desde hacía nueve meses.
Esa misma tarde, Jorge le mandó diecisiete mensajes.
Primero fueron agresivos.
“Qué miserable eres”.
Después, indignados.
“Ni siquiera me avisaste lo del plan del celular”.
Luego conciliadores.
“Podemos hablar sin meter abogados”.
Y finalmente dramáticos.
“No tengo dónde dormir”.
Mariana solo respondió al último:
“Hace seis meses también decías que no había trabajos dignos para ti. Tal vez sea buen momento para ampliar tus opciones”.
Lo bloqueó.
Durante las siguientes semanas supo de Jorge únicamente por comentarios de terceros. Pasó cuatro noches en casa de un amigo, hasta que el amigo descubrió que “unos días” significaba tiempo indefinido. Luego se fue con un primo en Ecatepec. El primo le consiguió una entrevista en una empresa de logística.
La misma clase de trabajo que Jorge había despreciado.
Esta vez aceptó.
No porque hubiera descubierto de repente la humildad, sino porque ya no había una esposa
