—¿Quieres que abra la cortina?
Negó con la cabeza.
Después imitó con los dedos la forma de unas hojas.
—¿La planta? —pregunté.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pensé que se refería a una planta de hojas verdes y flores blancas que llevaba años junto a la ventana de su dormitorio. Era su favorita. Siempre decía que Daniel se la había regalado cuando apenas era un pequeño esqueje.
—No te preocupes —le prometí—. Voy a cuidarla.
Teresa cerró los ojos y pareció tranquilizarse.
Murió dos días después.
Lea llegó al hospital cuarenta minutos después de que el médico firmara el certificado de defunción.
Una herencia que mostró su verdadero rostro
Durante el funeral, Lea lloró frente a los familiares y recibió abrazos como si hubiera permanecido junto a su madre hasta el último momento.
No dije nada.
Una semana más tarde, fuimos citadas en el despacho del abogado de Teresa para la lectura del testamento.
La herencia era considerable: una casa de dos pisos, dos departamentos alquilados, varias cuentas bancarias, joyas antiguas y una pequeña participación en una empresa familiar.
Todo quedó en manos de Lea.
