La llamé varias veces, pero nadie respondió. Entré y la vi en el suelo de la cocina. Estaba consciente, aunque no podía hablar ni mover el lado derecho del cuerpo.
Llamé inmediatamente a emergencias.
Los médicos confirmaron que había sufrido un accidente cerebrovascular grave. Las primeras horas eran decisivas, así que permanecí en el hospital mientras intentaban estabilizarla.
Llamé a Lea al menos seis veces.
Respondió casi a medianoche.
—¿Qué quieres, Mariana?
—Tu madre sufrió un accidente cerebrovascular. Está en terapia intensiva. Tienes que venir.
Hubo un silencio.
Esperaba escuchar preocupación, preguntas o incluso llanto. En cambio, Lea soltó un suspiro de fastidio.
—Mañana tengo una reunión importante.
—Lea, es posible que tu madre no sobreviva esta noche.
—Entonces llámame cuando ya no esté —respondió con una frialdad que me estremeció—. No quiero verla conectada a máquinas.
Y colgó.
Me quedé mirando el teléfono, incapaz de comprender cómo una hija podía hablar así de su propia madre.
Durante las siguientes horas permanecí junto a Teresa. Ella no podía pronunciar palabras, pero apretaba débilmente mi mano. En un momento levantó un dedo y señaló repetidas veces hacia la ventana.
