Cuando escuché mi nombre, el abogado hizo una pausa.
—A mi nuera Mariana le dejo la planta de lirios de paz ubicada en mi dormitorio, junto con su maceta, su plato de cerámica y todo aquello que contenga.
Eso era todo.
Una planta.
No me ofendió. Al contrario, sentí que Teresa me había entregado algo relacionado con Daniel. Para mí, su valor emocional superaba cualquier cantidad de dinero.
Lea, sin embargo, soltó una carcajada.
—Te utilizó durante años y al final solo te dejó una planta —dijo mientras guardaba los documentos—. Espero que al menos te sea útil.
El abogado la miró con desaprobación, pero ella continuó:
—Supongo que creías que por llevarla al médico y prepararle la comida te quedarías con la casa.
—Nunca cuidé a tu madre por dinero.
—Eso dicen todos cuando pierden.
Tomé la planta y me marché sin responder.
No sabía que aquellas palabras serían las últimas que Lea pronunciaría con tanta seguridad.
El extraño detalle en la maceta
Al llegar a casa, coloqué la planta junto a una ventana. Tenía algunas hojas marchitas y la tierra estaba demasiado húmeda.
A la mañana siguiente decidí trasplantarla.
