Ava pisó el acelerador.
El hospital quedó atrás, brillando en la oscuridad como un monstruo que acababa de perder sus cuatro corazones.
Miré por la ventana y susurré:
—Ethan Blackwood… el juego acaba de empezar.
A la mañana siguiente, cuando la niñera entrara a la sala de los bebés, el cielo entero de la familia Blackwood se vendría abajo.
La primera llamada llegó a las 6:17 de la mañana.
Ethan Blackwood todavía dormía en la suite presidencial del hotel donde había celebrado su divorcio con Sophie Grant.
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Champagne francés.
Cena privada.
Rosas blancas.
La misma música de piano que una vez me había prometido que sonarían en nuestro aniversario.
Cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa de noche, Sophie se quejó y se cubrió con las sábanas.
—Ethan, apágalo…
Él abrió los ojos con fastidio.
En la pantalla apareció el nombre de la jefa de enfermeras del hospital privado Blackwood.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Del otro lado no hubo saludo.
Solo una voz quebrada por el pánico.
—Señor Blackwood… los bebés no están.
Durante tres segundos, Ethan no entendió la frase.
—¿Qué quiere decir con que no están?
—La sala de neonatología está vacía. Las cuatro incubadoras están abiertas. No hay señales de los niños.
El silencio cayó sobre la habitación como una piedra.
Sophie se incorporó lentamente.
—¿Qué bebés? —preguntó, aunque sabía perfectamente la respuesta.
Ethan ya estaba de pie, buscando su camisa, sus zapatos, sus llaves.
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—Cierren el hospital —ordenó—. Nadie entra ni sale. Revisen las cámaras. Llamen a seguridad. Llamen a la policía.
—Señor… —la enfermera tragó saliva—. Las cámaras del pasillo fueron alteradas durante dieciocho minutos.
Dieciocho minutos.
Suficientes para que una mujer recién operada, despreciada y subestimada durante tres años, le arrancara de las manos el futuro entero a una familia multimillonaria.
Ethan sintió por primera vez algo parecido al miedo.
No por mí.
Por él.
Porque en la mansión Blackwood ya lo estaban esperando.
Su madre, Margaret Blackwood, entró al hospital antes que la policía. Alta, elegante, con un abrigo negro y un bastón de marfil que golpeaba el suelo como sentencia de muerte.
—¿Dónde están mis nietos? —preguntó.
Nadie respondió.
Ethan apareció diez minutos después, despeinado, con la camisa mal abotonada y el rostro endurecido.
Margaret lo abofeteó frente a todos.
El sonido retumbó en el pasillo blanco del hospital.
—¡Idiota!
Ethan apretó la mandíbula, pero no se atrevió a levantar la voz.
—Madre, los encontraremos.
—¿Los encontraremos? —Margaret soltó una risa seca—. ¿Sabes lo que acabas de perder?
Él no respondió.
Claro que lo sabía.
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La familia Blackwood llevaba nueve generaciones esperando un heredero varón directo. Pero el destino, con un sentido del humor cruel, les había enviado algo aún más valioso: cuatro bebés. Tres niños y una niña. La única sangre legítima de Ethan. Los únicos herederos capaces de asegurar el control del imperio familiar antes de que los tíos, primos y accionistas externos empezaran a desgarrarlo todo.
Para Margaret, mis hijos no eran bebés.
Eran acciones vivientes.
Eran contratos de sangre.
Eran la continuidad del apellido.
—Te advertí —dijo ella, con una calma venenosa—. Te dije que no humillaras a Elena antes de que los niños estuvieran registrados bajo nuestra custodia total.
Ethan bajó la mirada.
Sophie apareció detrás de él, envuelta en un abrigo color crema, intentando parecer preocupada.
—Señora Blackwood, quizá Elena solo está alterada. Acaba de dar a luz. Las mujeres en ese estado…
Margaret la miró con tanto desprecio que Sophie se quedó muda.
—Tú no hables.
Sophie palideció.
Margaret volvió a mirar a su hijo.