El hombre que me había prometido matrimonio me presentó como la muchacha de servicio justo antes de arrodillarse frente a otra mujer.
Yo estaba parada junto a la mesa de postres del Hotel Castilla, en Guadalajara, con una charola de copas en las manos y la mejilla ardiéndome. Doña Leonor, la madre de Diego, acababa de intentar arrancarme el collar de jade que mi abuela me dejó antes de morir.
—Quítatelo, Mariana. Una joya así se ve ridícula en una muchacha que llegó en camión.
—Es mío, señora.
—¿Tuyo? Por favor. Si mi hijo no te hubiera dado trabajo, seguirías vendiendo garnachas en una esquina.
Varios invitados se rieron bajito. Otros sacaron el celular. En México la gente dice que odia el chisme, pero cuando ve una humillación en vivo, nadie quiere perderse el video.
Durante 3 años aguanté sus desprecios. Que si mis zapatos eran de tianguis, que si mi bolsa parecía de empleada doméstica, que si una mujer sin apellido no debía sentarse con empresarios. Yo sonreía, bajaba la mirada y seguía sirviendo café en la oficina de Diego Salvatierra, el hombre que decía amarme cuando no había público.
La verdad era otra: yo no era pobre. Me llamaba Mariana Robles, hija menor de una de las familias más influyentes de Jalisco. Pero me fui de casa porque estaba harta de que todos se acercaran por mi apellido. Quise vivir como una mujer común. Quise saber si alguien podía amarme sin saber cuánto valía mi firma.
Y Diego parecía ese hombre.
Lo conocí 3 años atrás, cuando me defendió de un asalto afuera de una farmacia en Tlaquepaque. Me llevó al hospital, se quedó conmigo toda la noche y me dijo que una mujer como yo no merecía tener miedo. Confundí gratitud con amor. Después, cuando su empresa empezó a hundirse, fui yo quien la levantó: negocié con proveedores, conseguí inversionistas, puse dinero a través de terceros y hasta convencí a mi hermano Sebastián de abrirle una puerta con el Grupo Robles.
Diego nunca supo todo. Yo quería que me eligiera a mí, no a mi fortuna.
Esa noche, él celebraba el contrato que, sin saberlo, yo misma había autorizado. Me había dicho que después del brindis anunciaríamos nuestro compromiso. Por eso llevaba debajo del saco barato un vestido negro de diseñador que mi abuela había guardado para mí.
Pero doña Leonor me empujó hacia la cocina.
—Ve a revisar los canapés. Aquí se quedan las familias decentes.
—Yo soy la novia de Diego.
Ella soltó una carcajada tan cruel que hasta el mariachi se quedó callado.
—Tú eres la muchacha que le plancha las camisas.
Diego apareció entonces, impecable, rodeado de socios y señoras de sociedad que olían a perfume caro y tequila añejo.
—Diego, dile a tu mamá quién soy.
Él miró alrededor. Vio las cámaras, vio a sus inversionistas, vio a Camila Figueroa entrando con un vestido rojo y una sonrisa calculada. Luego me habló en voz baja, como si yo fuera una mancha en su evento.
—Mariana, no hagas esto hoy.
—¿Hacer qué? ¿Pedir que no me traten como basura?
—Mi mamá está nerviosa. Este contrato es muy importante.
Camila se acercó y le acomodó la corbata.
—Amor, todos te esperan.
Amor.
Sentí que el piso se abría bajo mis tacones.
—Diego, tú me prometiste que esta noche era nuestra.
Él apretó la mandíbula.
—Nuestra empresa necesita estabilidad, no escándalos.
—Esa empresa existe por mí.
Doña Leonor me dio una bofetada frente a todos.
—Cállate, muerta de hambre. Mi hijo necesita una mujer de apellido, no una arrimada.
El maestro de ceremonias subió al escenario. Diego tomó el micrófono, habló de sacrificios, de lealtad, de “la mujer que creyó en él”. Yo todavía, absurdamente, esperé escuchar mi nombre.
Entonces él se arrodilló frente a Camila.
—Camila, tú eres la mujer que merece caminar a mi lado. ¿Quieres casarte conmigo?
El salón estalló en aplausos.
Yo caminé hacia ellos sin sentir las piernas.
—Diego, explícame esto.
Él se levantó furioso.
—¿Por qué no estás en la cocina?
Camila fingió pena.
—Pobrecita. La empleada se obsesionó contigo.
—Yo no soy la empleada.
Doña Leonor levantó la mano otra vez, pero esta vez se la detuve en el aire.
—No vuelva a tocarme.
Diego me jaló del brazo.
—Ya basta, Mariana. Me estás avergonzando.
—¿Avergonzando? Tú me usaste 3 años.
—Yo te di trabajo.
—Yo te di una empresa.
Él se rió delante de todos.
—¿Tú? Mariana, por favor. Tú no tienes ni para pagar un Uber a Zapopan.
Entonces me quité el saco barato, dejé ver el vestido negro y saqué del bolso mi tarjeta familiar, dorada, con el escudo de los Robles grabado.
Algunos invitados dejaron de grabar. Otros se acercaron más.
Marqué un número.
—Sebastián, ven al Hotel Castilla. Ya terminé de fingir.
Antes de colgar, miré a Diego por última vez.
—Y trae al socio que papá quería presentarme. Hoy sí quiero conocer a Alejandro Alcázar.
Las puertas del salón se abrieron de golpe.
Parte 2 Alejandro Alcázar entró antes que mi hermano, con traje oscuro, mirada fría y….