Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existía-dynanakara

La herida de su costado apenas llevaba tres días cerrada, pero aquello le dolió en otro lugar.

Tres días antes había entrado al quirófano para donar un riñón a su esposo, Víctor Salgado, un empresario de 60 años que llevaba casi un año entrando y saliendo de hemodiálisis.

Ana tenía 58, había sido maestra de primaria durante más de tres décadas y, desde que los médicos dijeron que eran compatibles, no dudó.

Víctor sí había dudado, pero no por ella. —Rita, entiéndeme —continuó por teléfono, convencido de que Ana dormía—.

La casa de Lomas Verdes está a nombre de Ana, pero yo arreglo eso. Mi notario hace la donación y listo.

Tres niveles, jardín, garage para dos coches. Es lo mínimo que te mereces después de aguantarme estos dos años.

Ana bajó la mirada hacia su mano izquierda. Por la pérdida de peso, el anillo de matrimonio le quedaba flojo.

Lo deslizó sin esfuerzo y lo dejó sobre la mesa de medicamentos. Víctor se rio al otro lado del biombo y enseguida soltó una queja por el dolor.

—¿Culpable? ¿De qué? Ella me dio el riñón porque vive para eso, para cuidarme. No sabe hacer otra cosa.

Ana no lloró. A las 10:00 llegó la enfermera Valeria para tomarle la presión. Ana pidió su ropa, una pluma y una hoja.

Luego llamó al cirujano, el doctor Salcedo. —Quiero firmar mi alta voluntaria. El médico creyó que hablaba por el dolor.

Durante veinte minutos le explicó que apenas habían pasado tres días desde la nefrectomía y que todavía debían vigilar la creatinina, la presión, la herida y cualquier señal de fiebre.

Ana escuchó cada palabra. —¿El riñón de Víctor funciona? —Desde la primera hora. —Entonces ya hice lo que tenía que hacer.

No pidió explicaciones. No llamó a Rita. No despertó a Víctor para exigirle que negara lo que acababa de escuchar.

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