ruidosa) y se lo llevé.
—Usted ya tiene bastante con lo suyo —me dijo—. No debería cuidar también de un viejo.
La renta vencía pronto, había que pagar el auto, Lucía necesitaba ropa para el colegio y en mi trabajo corrían rumores de recortes. Aun así respondí:
—Esta noche tengo suficiente para los dos.
Y era verdad. Esa noche dormí mejor que en semanas.
El sobre debajo del felpudo
A la mañana siguiente serví dos tazas de café y abrí la puerta. El porche estaba vacío. La manta de mi madre estaba sobre el felpudo, doblada con una precisión que no era casual. Al agacharme a recogerla vi un sobre debajo del felpudo. Tenía una sola palabra: Rosa.
Dentro había una hoja de papel y una llave de bronce antigua con una etiqueta de cartón atada con cordel. En la etiqueta, una dirección de un pueblo a cuarenta minutos y
