cuatro palabras: Caja pequeña. Estante de abajo.
Me senté en los escalones y leí la carta. El anciano se llamaba Anselmo. Durante ocho meses había vivido entre albergues, porches y la calle, desde que su nuera cambió las cerraduras de la casa donde se quedaba y su hijo no la detuvo. No me lo contaba para dar lástima, escribió, sino para que supiera que no siempre había sido un hombre con la vida entera en una mochila.
Durante cuarenta años fue dueño de una pequeña zapatería de barrio. Cuando su esposa, Leonor, enfermó, la vendió para cubrir gastos que el seguro no pagaba, y jamás se arrepintió. Habían estado casados cuarenta y tres años. Leonor murió hacía dos. Desde entonces seguía pagando cada mes un depósito de alquiler donde guardaba sus cosas, porque no podía deshacerse de ellas.
Pero mientras escuchaba la tormenta desde mi porche, algo cambió. Estaba listo.
