—Acabas de terminar en urgencias.
—Precisamente. Van a creer que estoy muriéndome.
—Tal vez deberías preocuparte un poco menos por lo que creen.
—Marta…
Se abrió la puerta.
Lucía entró.
Alberto la reconoció inmediatamente.
Fue impresionante.
Su cara pasó de confusión a vergüenza.
—Tú.
Lucía permaneció profesional.
—Buenas tardes, señor Salcedo.
Él me miró.
—¿Qué hace aquí?
—Trabaja aquí.
No respondió.
Lucía explicó que formaba parte del equipo que ayudaba a determinados pacientes y familias con cuestiones sociales y administrativas relacionadas con hospitalización.
No necesitábamos directamente su intervención, pero había querido saludarme.
Alberto apenas podía mirarla.
Entonces Lucía dijo:
—Espero que se recupere pronto.
—Gracias.
Parecía un niño descubierto haciendo algo malo.
Ella se marchó.
Alberto permaneció callado casi un minuto.
Finalmente preguntó:
—¿Era la chica del supermercado?
—Sí.
—Pensé que…
—Sé perfectamente qué pensaste.
—¿Trabaja aquí de verdad?
Lo miré.
—¿Todavía necesitas comprobarlo?
—No quise decir…
—Es trabajadora social.
Le expliqué su historia.
No todos los detalles privados.
Solo aquello que Lucía me había permitido conocer.
Cuando terminé, Alberto miró hacia la ventana.
—No sabía.
—Ese era exactamente el problema.
