—Marta…
—No sabías nada y aun así decidiste humillarla.
Él cerró los ojos.
—Sí.
Pensé que aquello sería todo.
Pero todavía faltaba la parte que realmente nos dejó sin palabras.
Alberto recibió el alta dos días después.
Una semana más tarde debía reunirse nuevamente con los inversores.
Era probablemente la reunión más importante de su empresa en años.
Me pidió que lo acompañara.
—¿Por qué?
—Porque después del hospital quiero que estés.
Acepté.
Llegamos a las oficinas de un grupo empresarial llamado Ferrer Capital.
Alberto llevaba meses intentando conseguir financiación de ellos.
Nos hicieron esperar.
Finalmente apareció un hombre de unos sesenta años.
—Señor Salcedo.
—Señor Ferrer.
Se saludaron.
Entonces escuché:
—Papá, ya terminé.
Me giré.
Lucía entró.
Con el bebé.
Sentí que me paralizaba.
Alberto también.
El señor Ferrer sonrió.
—Mi hija Lucía.
Nadie habló.
Lucía fue la primera en hacerlo.
—Ya nos conocemos.
Su padre la miró.
—¿De dónde?
Ella observó a Alberto.
Luego a mí.
—Del supermercado.
La cara de mi esposo perdió todo el color.
El señor Ferrer frunció el ceño.
