Le di 100 euros a una joven que pedía leche para su bebé; un mes después descubrí quién era realmente

Sentí que se me humedecían los ojos.

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Alberto estaba completamente destruido.

—No espero que ignore lo que hice —dijo al señor Ferrer.

—Eso sería conveniente para usted.

—Sí.

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Mi esposo respiró.

—Pero tampoco quiero entrar en una reunión fingiendo que nunca ocurrió.

Leche

Aquello fue probablemente lo más digno que había hecho en mucho tiempo.

El señor Ferrer pidió a Lucía que nos dejara continuar.

Ella se acercó primero a Alberto.

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—Señor Salcedo.

—Sí.

—Yo no quiero que mi padre rechace su empresa por algo que usted me dijo.

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Alberto la miró sorprendido.

—¿Por qué?

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—Porque usted tiene empleados que no tienen culpa de que aquel día actuara como un imbécil.

Yo tuve que taparme la boca para no reírme.

Hasta Alberto sonrió ligeramente.

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—Lo merezco.

—Sí.

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Lucía continuó:

—Pero espero que recuerde cómo se siente necesitar algo durante una  hora y que alguien decida que esa hora explica toda su vida.

Después se marchó.

La reunión continuó.

Los Ferrer no regalaron nada.

Revisaron números.

Riesgos.

Contratos.

Finalmente aprobaron una financiación mucho menor de la que Alberto pretendía originalmente y con condiciones estrictas.

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