Sentí un nudo en la garganta.
—Podías haber pedido ayuda al supermercado.
—Lo hice. Me dijeron que no podían entregar productos sin pagarlos.
—¿Y los cien euros?
Sonrió.
—Compré dos latas, pañales y comida. Cuando mi mamá llegó esa tarde, quise volver a buscarla.
—¿Para devolverlos?
—Sí.
Me reí.
—Te dije que no.
—Y yo decidí que sí.
Sacó su cartera.
Dentro llevaba un sobre.
Mi nombre estaba escrito encima.
—¿Cómo sabías mi apellido?
—El recibo.
No recordaba que nuestra tarjeta de cliente lo mostraba.
—Llevo esto varias semanas.
No quise tomarlo.
—Lucía.
—Por favor.
—No.
—Entonces al menos déjeme devolverle una parte.
—No fue un préstamo.
Ella me miró durante unos segundos.
—Entonces déjeme hacer algo diferente.
—¿Qué?
—Cuénteme qué le pasó a su esposo.
Le expliqué.
Cuando dije su nombre completo, algo cambió en su rostro.
—¿Alberto Salcedo?
—Sí.
—¿Construcciones Salcedo?
—Sí.
Lucía se quedó callada.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Pero claramente ocurría algo.
Antes de que pudiera preguntar, una enfermera me llamó.
Regresé con Alberto.
Estaba mejor.
Tenía cables pegados al pecho y estaba furioso porque no lo dejaban utilizar el teléfono.
—Tengo que hablar con los inversores.
