—Te pedí una sola cosa cuando entramos a esta habitación, Sofía —dijo Julián con una voz baja, arrastrada y venenosa—. Te pedí que no tocaras mis cosas.
Di dos pasos torpes hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra el borde del escritorio. Las hojas de la póliza de seguro resbalaron de mis dedos, desparramándose sobre la alfombra como una acusación abierta.
—¿Quién es Valentina? —pregunté, esforzándome por mantener la firmeza, aunque los labios me temblaban—. ¿Y qué significa este seguro?
Julián soltó una risa seca, desprovista de cualquier calidez humana. Se pasó una mano por el cabello revuelto, dio dos pasos firmes hacia mí y pateó los papeles con la punta de su zapato:
—Significa que eres mucho más curiosa de lo que me convenía. Valentina es la madre de mis futuros hijos. La mujer con la que realmente comparto mi vida. Pero la fortuna de mi abuelo estaba blindada por viejas reglas morales: o me casaba con una mujer de reputación social intachable de esta ciudad, o todo el capital pasaba a una fundación de caridad. Tú eras la candidata perfecta: maestra de arte, de familia respetable pero sin poder económico, dócil, ingenua… y enamorada hasta los huesos.
—¿Y el viaje a Bora Bora? —susurré, sintiendo náuseas al recordar el itinerario privado—. ¿Qué pensabas hacerme allá?
Julián no contestó con palabras; su silencio cínico lo confirmó todo. No estaba planificada ninguna luna de miel romántica: estaba diseñado un trágico «accidente marítimo» en aguas internacionales que lo dejaría como un viudo desconsolado, dueño absoluto del fideicomiso y libre de sospechas para regresar a Suiza junto a su verdadera familia.
—Vas a devolver ese teléfono a la mesa —ordenó él con frialdad, acortando la distancia—. Te vas a acostar en esa cama y mañana subiremos a ese avión como estaba previsto. No vas a arruinar una estrategia que me tomó tres años construir. Si abres la boca antes del despegue, te garantizo que la modesta galería de arte de tu madre amanecerá en cenizas antes del mediodía.
Julián se inclinó sobre mí, tomándome del brazo con una fuerza que me dejó los dedos marcados en la piel. Me soltó con desprecio, convencido de que el terror me mantendría paralizada, se sirvió un vaso de agua mineral y volvió a recostarse en la cama sin apagar las luces del vestidor, cerrando los ojos para vigilar cada uno de mis movimientos.
Creía que me tenía acorralada.
Asumió, como tantos hombres poderosos, que el miedo anula el intelecto.
Pero en ese instante recordé la enseñanza más valiosa que mi padre me dio antes de partir: «El pánico te mata antes de que el peligro te alcance; cuando el enemigo crea que te ha vencido, concéntrate únicamente en el siguiente paso».
Caminé lentamente hacia el baño principal, cerré la puerta con seguro y abrí las llaves de la tina para que el ruido del agua cubriera cualquier sonido.
Me arrodillé junto a mi bolso de mano, saqué mi propio teléfono móvil y conecté la sincronización directa con el servidor de la firma de abogados donde trabajaba mi tío Mateo, fiscal especializado en lavado de activos. Con el flash apagado, comencé a fotografiar una a una las copias de los contratos bancarios que había logrado deslizar bajo el forro de mi bata de satén.
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