A las 5:15 de la mañana, mientras el horizonte comenzaba a clarear sobre los rascacielos de la ciudad, el teléfono de Julián sonó en la mesa de noche.
Julián saltó de la cama, alerta como un felino, y atendió en susurros. Lo escuché discutir brevemente en un tono seco antes de girarse hacia mí con impaciencia:
—Vístete. El chofer ya está en el lobby del hotel con las maletas documentadas. El vuelo privado sale a las siete y no pienso tolerar retrasos.
Me puse un vestido oscuro sobrio, recogí mi cabello en una coleta tirante y no pronuncié una sola palabra. Mi silencio pareció tranquilizarlo; en su mente retorcida, mi sumisión era el resultado del miedo a sus amenazas contra mi familia.
Bajamos en el elevador privado hasta el vestíbulo principal del hotel. Julián sostenía mi cintura con posesividad estudiada, fingiendo la estampa del flamante esposo millonario frente a los empleados de recepción que inclinaban la cabeza a nuestro paso.
—Sonríe, mi amor —susurró cerca de mi oído mientras cruzábamos las puertas giratorias hacia la explanada exterior—. La prensa suele merodear por aquí.
Al salir a la avenida, una caravana de tres camionetas negras nos cerró el paso de inmediato. No eran los vehículos del consorcio Alcázar.
Cuatro agentes de la Policía Federal y dos agentes del Ministerio Público descendieron con carpetas en mano y órdenes judiciales a la vista. Detrás de ellos apareció mi tío Mateo, acompañado por el director regional de la Unidad de Inteligencia Financiera.
Julián frunció el ceño con soberbia y alzó la voz:
—¿Qué clase de ridiculez es esta? Soy Julián Alcázar. Quiten sus camionetas de inmediato; tenemos un vuelo privado programado.
—Señor Alcázar —dijo el comandante a cargo, mostrando su placa metálica—, queda usted formalmente notificado de una orden de arraigo y aseguramiento precautorio de cuentas por los delitos de tentativa de homicidio calificado, fraude patrimonial en grado de tentativa y conspiración financiera transnacional.
Julián se quedó petrificado, perdiendo todo el color del semblante:
—¡Esto es absurdo! ¡Es una calumnia sin sustento!
—No es una calumnia, Julián —intervine, dando tres pasos hacia atrás y colocándome detrás del perímetro de los oficiales—. El informe pericial de tus movimientos en Zúrich, las pólizas no registradas y el plan de simulación de accidente en Bora Bora están en la bandeja del juez desde hace dos horas.
En ese preciso instante, el teléfono de Julián volvió a sonar con insistencia. Era una llamada satelital desde Ginebra. Uno de los agentes tomó el dispositivo bajo protocolo de evidencia y activó el altavoz frente a todos los presentes:
—«¡Julián, responde!» —gritaba la voz desesperada de Valentina al otro lado—. «¡La policía helvética acaba de intervenir la clínica privada! ¡Congelaron los fondos del fideicomiso en el Banco Cantonal! ¿Qué hiciste?»
Julián miró a su alrededor con los ojos desorbitados, buscando una salida que ya no existía.
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